Dar sentido a correr

¿Nos hemos olvidado de cómo correr?

Cada vez hay más estudios que afirman que nuestro éxito evolutivo como seres humanos está directamente relacionado con nuestra capacidad para correr largas distancias. Aunque esta habilidad natural no es infalible, ya que 60 años de zapatillas y malas posturas hacen que el 80% de los corredores sufran algún tipo de lesión cada año.

Por cierto, ¿qué es correr? o mejor dicho, ¿para qué corremos?

Al igual que caminar, correr es un medio de locomoción. Caminar, correr y esprintar son nuestros tres medios diferentes de locomoción. Dependiendo de la urgencia del viaje, utilizaremos uno de los tres (o los tres), y cada uno con una biomecánica diferente.

Por ejemplo, el caballo tiene cuatro medios para desplazarse, con cuatro biomecánicas distintas. Caminar, trotar, medio galope y galope. Y aquí me voy a detener para hacer una pequeña reflexión: “Por un momento imaginemos a un caballo, o al 80% de ellos, sin poder trotar por una lesión”. ¿Qué pasaría? Moriría en poco tiempo; se lo comería algún animal. ¡Esta claro!

Entonces, ¿por qué nosotros nos lesionamos, cuando las marcas de zapatillas invierten millones de euros en estudios cada año?

¡Algo no estamos haciendo bien!

Ya sabemos que realizar alguna actividad física regular ayuda a tener una vida sana, tanto física como mental. Es un remedio eficaz para algunas de las epidemias modernas como el estrés, enfermedades coronarias o la obesidad. 

Hay muchas maneras de hacer ejercicio, pero caminar y correr son las más naturales, efectivas y accesibles.

¿A qué me refiero cuando hablo de “natural”? 

Hay pruebas que sugieren que desplazarnos largas distancias fue un estímulo decisivo para la evolución, a la hora de darle forma a nuestra anatomía y fisiología. Digamos que, en el momento que empezamos a llegar más lejos y de una manera más eficiente, fue el momento en que tomamos la delantera, evolutivamente hablando. La naturaleza nos diseñó para correr, y sobretodo, para correr largas distancias.

Aunque a veces, nuestro ego humano nos hace ver todopoderosos, somos unos de los animales más débiles y lentos del planeta. 

Si hacemos una carrera con el hombre más veloz del planeta, Usain Bolt y su récord mundial de 9:58, que es a una velocidad de 45km/h, con una pequeña ardilla (Ardilla de las Carolinas – Sciurus carolinensis) que su velocidad máxima es de 90km/h….la ardillita le va a ganar por unos 40 metros. 

Pero hay algo en que ningún animal del planeta nos supera…y es que ninguno suda como nosotros. 

Esta función fisiológica, además de compensar la temperatura corporal, elimina sustancias de deshechos y contribuye a la formación del pH ácido del estrato córneo que es una barrera contra gérmenes, bacterias, hongos y virus que pueden dañar al organismo.

Y además somos bípedos, con lo cual podemos llevar en nuestras manos cualquier recipiente con agua para rehidratarnos y enfriarnos, y así seguir moviéndonos eficientemente.

Todo esto nos llevó a tener acceso a grandes fuentes proteicas antes de saber fabricar alguna herramienta para cazar, lo cual influyó favorablemente en el desarrollo de nuestra masa encefálica. En algún otro post hablaremos de la caza por persistencia, pero no nos vayamos por las ramas.

Entonces, si evolucionamos por/para correr, ¿por qué el 80% de los corredores se lesionan cada año? ¿Por qué las lesiones de rodilla, síndrome de cintilla iliotibial o fascitis plantar no se han convertido ya en lesiones tan poco frecuentes como el escorbuto o la tuberculosis, que ahora solo se encuentran en partes del mundo con poco acceso a avances tecnológicos?

La respuesta es fácil.

Nos hemos olvidado de correr.

En una siguiente entrada, hablaremos del por qué nos olvidamos de cómo correr y sobre la influencia del uso de las zapatillas modernas en nuestra propiocepción. Mientras tanto, reflexiona un poco sobre lo que hablamos, y observa como corre tu hij@, sobrin@ o vecin@ de entre 2 y 8 años, y cópiale 😉

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